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miércoles, marzo 11, 2009

De Princesas y Otros Cuentos XXVII

De pie, frente al Gran Caballero de Obsidiana, señor de la oscuridad perpetua, Xulius percibió su infinita miseria. Estaría a merced de aquel ser de maldad, su corazón se contrajo con solo escuchar la voz cavernosa que le decía, sin mover los labios, todos sus planes para controlar el reino. Pero para ello, y eso sí le sorprendió, necesitaba de su ayuda. Xulius se preguntó si era una treta, si acaso en cualquier momento aquel señor todopoderoso alzaría un dedo y él, como un títere, bailaría al compás de una música milenaria e infernal, para perderse en los resquicios de la locura. Sintió que su alma se llenaba de terror, pero se dio cuenta de una sensación nueva, ambición, sí. Xulius quería a la princesita, la deseaba, desde el primer día que la vio sentada en su carruaje real dando un paseo por la plaza del pueblo, aquel día aciago cuando decidió que era capaz de besarla. Había otro sentimiento que pugnaba por salir, arañando las entrañas del muchacho, como un insecto devorador de cuerpos, ese sentir podría ser definido como admiración, una profunda e irracional admiración por los caballeros oscuros, tal parecía que nada los detendría, eran seguramente invencibles.
El Caballero Oscuro, aquel que una tarde lluviosa reclutara a Xulius, estaba inclinado sobre una rodilla, en actitud de meditación. Un extraño halo oscuro surgía de su cuerpo, era como si toda su fuerza estuviera concentrada en algo, algo que le costaba mucho trabajo conseguir. El Gran Caballero de la Armadura de Obsidiana se percató de eso, se llevó un dedo a los labios como para callar los pensamientos del muchacho que tenía delante, y esbozó una sonrisa en una boca que parecía tener todos los dientes afilados del mundo. –Leal sirviente –dijo dirigiéndose al Caballero arrodillado –esta vez me parece que has hecho un excelente trabajo, te pediría que no te flageles, pero es una oferta que no podría rechazar – afirmó mientras miraba a Xulius, su rostro se llenaba de satisfacción al percibir el miedo que crecía en el corazón del muchacho. De pronto surgieron de la nada unos gritos de dolor, desgarraban el alma, y unos hilos de sangre al rojo vivo emanaron debajo de la armadura del Caballero Oscuro que se había desplomado frente al trono del Señor de las Tinieblas, Xulius atinó a cerrar los ojos, pero aun con los ojos cerrados podía ver como una serie de látigos invisibles desgarraban la piel del Caballero arrodillado, mientras unas sombras se mecían al ritmo de una música que surgió de lo más profundo del recinto en el que se encontraban. El Señor de Obsidiana se rio a carcajadas, una risa que podría causar la locura a cualquier ser humano, y de pronto gritó: --¡suficiente!
Acto seguido el hombre, si es que puede recibir tal nombramiento, que se había desplomado sangrando al rojo vivo frente a su Señor, se incorporó, el dolor desapareció igual como había llegado. Se repuso del todo y levantó la cara aun ensangrentada para cerciorarse de que su sacrificio había sido bien recibido, con una media sonrisa se acomodó la armadura negra y tomando del hombro a Xulius se lo llevó a otro recinto. –Es tiempo de que inicies tu entrenamiento, es posible que muy pronto sean puestas a prueba tus virtudes –Xulius no entendió, pero asintió con un ligero movimiento de cabeza. Lo que vio a continuación representó todas las imágenes de horror que podría guardar en su todavía joven memoria, no estaba preparado para eso. Xulius entró al recinto de entrenamiento y lo primero que hizo fue desmayarse.

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