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lunes, junio 23, 2008

De princesas y otros cuentos XIV

Dos manos. Un tiempo fuera. Una tormenta interrumpida. Una hoguera apagada apresuradamente. Afuera de la cabaña en medio del bosque parecía el fin del mundo, los árboles milenarios se balanceaban víctimas de las rachas de viento y lluvia que azotaban sin piedad más allá del claro, y de pronto la luz, una potente luminosidad los envuelve, abrazados se sienten invisibles, poderosos, inmortales. La luz los eleva hasta el límite del tejado de la cabaña, mientras afuera se escuchan llantos y lamentos, gritos de rabia y conjuros en lengua antigua. Ellos, se abrazan y no atinan otra cosa que hacer que besarse, con un beso desesperado, sus pensamientos son de tragedia, funestos, no piensan más que en la despedida, quizá era demasiado riesgo, quizá perderían la vida los dos, así abrazados, como dos eternos amantes en desgracia.
El Caballero Escarlata levanta su mano derecha y grita sobre el ruido de la tormenta, la luz que emana de su cuerpo envuelve la cabaña cada vez con más fuerza. Ya nada hará que su protección desaparezca. Dentro, la Princesita y el joven discípulo del Caballero Escarlata se funden en un último abrazo, hasta que ella desaparece y el se desvanece en la nada. Después todo es silencio, una calma sobrenatural embarga el lugar. El fuego en la chimenea se apaga, se mueren las brasas. Repentinamente deja de llover, la tormenta ya no es una amenaza y el silencio solo es roto por el galope de caballos acercándose.
La Princesita aparece en su habitación del Palacio, bajo los edredones de su cama real, dormida piensa que todo fue un sueño, pero su alma le dice que fue verdad. Estuvo con él en la cabaña secreta del bosque. Lo amo, y lo ama todavía más. No quiere despertar, si es que es un sueño desea dormir por siempre. Afuera hay un bullicio que le parece muy lejano, sus ojos empiezan a percibir que amanece en las tierras del reino. Pero no quiere abrir los ojos, no quiere. Desea perderse para siempre en el sueño eterno en el que se encuentra.
Se siente en paz, una enorme calma envuelve su cuerpo y sus pensamientos y entonces vuelve a dormir, sueña que su dama de compañía grita su nombre pero ello no desea contestar. Y guarda silencio.

viernes, junio 20, 2008

De princesas y otros cuentos XIII

El viaje de regreso había sido una tortura, pero nada comparado con lo que le esperaba en las mazmorras del palacio, de un héroe se había convertido en un mentiroso, posible raptor y hasta asesino de su graciosa Majestad. Graciosa no era ni por asomo la situación en la que el muchacho se había metido, temblando de frío se acomodo en el calabozo, procurando quedar lo más lejos de la puerta por si alguien entraba y lo encontraba dormido. Observó, a través de los barrotes del agujero que pretendía fungir como ventana, que seguía siendo de noche, una noche que le parecía cada vez más eterna. Un par de lágrimas rodaron por sus mejillas, calientes, sarcásticas, como burlándose de su suerte, y se arrepintió de haberle dicho a aquel hombre de negro que él era capaz de besar a la Princesita, pero en qué cabeza de chorlito cabía la posibilidad de que siendo un plebeyo podría acercarse lo suficiente a la Princesa como para besarla, y en el remoto caso de que aquello fuera posible, acaso un beso podría ser suficiente para enamorar a su Majestad, el muchacho creía que sí, al menos el día de ayer aun pensaba de esa manera. Se durmió pensando que tendría pesadillas, y las tuvo.
Arriba, en el Palacio, la dama de compañía despertó a los pajes, a las cortesanas, a los cocineros, a la guardia real y a los jardineros. Gritando les indicó que buscaran por todo el Palacio, que la Princesita al parecer se había perdido, la habían raptado o sabría Rajmandir el Supremo qué podía haberle pasado. Despachó de inmediato al mensajero con claras indicaciones de no parar hasta avisarles a todos los miembros del Consejo de Pares que se les estaba convocando a una reunión urgente, el mensaje era el mismo, la Princesita se ha extraviado.
Amanecía sobre el Reino, los sirvientes buscaban a su Ama, el pueblo bajo la colina despertaba con un bullicio alentador, parecía que después de tantos días bajo la lluvia este sería un día soleado, digno de salir a pasear al perro, llevar a los niños al campo y volar cometas, caminar de la mano con el amor eterno y sonreír porque todo era perfecto. Pero nadie sabía la noticia que en esos momentos mantenía en la locura al Palacio, nadie sospechaba que quizá se habían quedado una vez más sin gobernante. El día que murieron los Reyes en aquel fatídico accidente en el camino real, más de uno pensó en la maldición milenaria de los hechiceros del sur, pero de la misma manera, más de uno creyó ver sombras extrañas en el bosque momentos antes de que se desbocaran los caballos que halaban el Carruaje Real. Todo el pueblo lloró, durante días con sus noches llevaron túnicas azul marino, señal de luto. Entonces el Consejo de los Pares tomó la decisión de llamar a la Princesita heredera, era necesario que dejara el internado en las Montañas Blancas del Oriente, para aceptar su destino, sería la nueva gobernante por derecho de Rajmandir el Divino.
En el Calabozo de Palacio, una sombra se escabulle por el único agujero que servía de ventana al exterior, la sombra sisea, entra al recinto oscuro, húmedo. El muchacho está tendido sobre su espalda, con los brazos cruzados sobre el pecho, duerme, sin saber que su suerte está echada. La sombra no tiene forma, pero habla, con susurros que hielan el alma, con lamentos que vuelven locas a las ratas que huyen por un orificio en la pared. La sombra ordena, y el muchacho no puede hacer otra cosa que obedecer.

lunes, junio 16, 2008

Exordio

Son como tus ojos
dos faros guiadores,
son como tus brazos
dos alas que vuelan,
a dónde que más adores,
a dónde que yo te quiera,
son tus labios como fuente
y medicina/divina.

viernes, junio 13, 2008

De princesas y otros cuentos XII

-Aquí no hay nadie –dijo la mujer mientras lanzaba una mirada de desprecio al muchacho que no podía creer lo que sus ojos no encontraban. La cabaña estaba vacía, en la chimenea una hoguera estaba a punto de emitir su última chispa de calor, el viento frío que entró por la puerta cuando los guardias de palacio rompieron la entrada acabó con lo que quedaba del fuego. –Creo que tendrás que dar una explicación más convincente muchacho, si deseas salir con bien de ésta –advirtió la dama de compañía de la Princesita. –Pe..pero yo lo vi con mis propios ojos señora, vi cómo el hombre de negro abría una especie de portal en el cielo, vi como en un espejo la imagen de su Alteza, sentada en un diván frente a esta chimenea –se excusó el muchacho.
-El hombre de negro, ¡basta ya de semejantes tonterías niño! –gritó la anciana mujer –no nos has explicado quién es el tal hombre de negro, a mi me parece que estás inventando todas estas patrañas para desviar nuestra atención, así que mejor dime ¿dónde tienes a la Princesita? – preguntó la señora mientras tomaba del hombro al muchacho que no dejaba de temblar, quizá por la lluvia fría que se colaba por las ventanas de la cabaña, quizá por el miedo que esa mujer de mirada turbia le infundía.
-Le aseguro señora que es verdad lo que le digo, sería incapaz de poner en riesgo a su majestad –lo juro por el gran Ramjandir—dicho esto la anciana lo miro con desprecio, chasqueó los dedos y de inmediato se apersonó uno de los guardias que vigilaba la puerta de la cabaña. –Vámonos, de regreso al Palacio y tomen de prisionero a este muchacho, deberá ser interrogado por el Consejo de los Pares.
El muchacho solo atinó a balbucear que él estaba diciendo la verdad, pero fue esposado y montado en uno de los caballos de los guardias.
El trayecto de regreso no fue exento de peripecias para el cochero, pero una vez más su experiencia salvó en más de una ocasión al carruaje y sus ocupantes de caer en uno de los tantos acantilados del bosque. La lluvia había amainado para cuando llegaron al Palacio, el muchacho que iba montado sobre un caballo de la guardia, esposado de manos y pies, había perdido el conocimiento, así que lo cargaron en vilo hasta una celda del calabozo del palacio. Mientras tanto la dama de compañía enviaba al mensajero a todos los rincones del reino para convocar al Consejo de los Pares a una reunión con carácter de urgencia, el mensaje era sencillo: “la Princesa se ha perdido”.
En tanto, en una cueva oscura de los confines del bosque un hombre vestido de negro maldice al fuego que intenta encender con un poco de magia, se quita la capa y el sombrero, deja ver a la luz de la fogata un rostro adusto, una cicatriz milenaria le recorre la mejilla izquierda, sus ojos negros son dos agujeros insondables, llenos de odio y deseos de venganza. Su caballo, inquieto, se pasea por la caverna olisqueando aquí y allá, sabe que su amo está furioso y no se atreve a acercársele. El hombre de negro se concentra en el fuego, pasa una mano por las llamas y atrae hacia él una flama amarilla, en trance murmura frases ininteligibles, sus ojos negros ahora parecen dos perlas cristalinas cuyo poder de encantamiento podría llevar a la muerte a cualquiera de sus enemigos.

miércoles, junio 11, 2008

Breviario

"Hay ocasiones en las que no entiendo, por eso pregunto"

Caballero Escarlata: último guerrero de la luz escarlata, se cree que formó parte de las legiones de la claridad que hace dos mil años vencieron a los Hombre de Negro, seguidores de Utrandir. Monta un caballo gris plata, que es capaz de correr a velocidades asombrosas, lleva como arma su magia y un báculo de madera común. Porta un traje rojo escarlata, de ahí su nombre, y una capa mágica. Proclamador del Único dios verdadero, conocido también como Ramjandir.

Hombre de Negro: legionario del dios del inframundo, conocido como Utrandir. Su nombre proviene del color de su vestimenta, es un gran mago oscuro. Su lucha es por establecer el dominio de su deidad en el mundo conocido. Cabalga un brioso caballo negro, tan oscuro que incluso en la noche parece invisible. Su arma es una espada mágica y los conjuros de magia negra perfeccionados con el curso de los milenios.

Utrandir: Dios del Inframundo, Señor de la Oscuridad, Dueño de las Cuevas Profundas del Mijrandir.

Ramjandir: Dios de la luz, conocido por sus seguidores como el Único dios verdadero, Potestad de los Cielos Infinitos, Dios Sol.

Mijrandir: Profundidad de los mundos conocidos. Inferno, morada de Utrandir.

La Princesita: soberana del Reino del Este, a sus casi trece años inicia un su gobierno apoyada por el Consejo de Ancianos y por la tutela de su dama de compañía.


Rey Maldito, desde un lugar muy lejano.


De princesas y otros cuentos XI

El carruaje avanzaba velozmente por los caminos enfangados del bosque real, por momentos parecía que perdía el control, pero el cochero era hábil y diestro al manejar la cuadrilla de caballos pura sangre que jalaban el vehículo. Adentro, los pasajeros luchaban contra el mareo y el miedo provocados por los constantes tumbos, y por supuesto, por la idea de que la Princesita estaba en peligro. La lluvia seguía cayendo incesante, los relámpagos iluminaban los árboles ancestrales dándoles vida, como si fueran gigantes furiosos que en cualquier momento podrían abalanzarse contra aquellos que se atrevieran a profanar el sagrado bosque. El muchacho, aun escurriendo agua por la frente miraba de vez en cuando a través de la ventanilla, temblando procuraba articular palabra para explicarle a la dama de compañía de la Princesita que había visto cómo el hombre de negro realizaba conjuros al cielo maldiciendo a su Majestad. La dama de compañía ponía cara de circunstancia, como si de verdad le importara el futuro de su pupila.
Los guardias de palacio cabalgaban tras el carruaje real, seguros de que su valentía y coraje los protegían de cualquier peligro que surgiera en el bosque. Pero no estaban preparados para lo que se avecinaba, a decir verdad, ninguno de ellos estaba preparado.
En la cabaña ubicada en un claro del bosque, la Princesita y el joven que se había enamorado de ella se tomaban de las manos y sentados frente a la chimenea encendida se miraban sin decir palabra. Hay cosas entre dos enamorados que se pueden decir sin que medie la voz. Los ojos de la Princesita brillaban con una luz que cegaba, y la sonrisa del joven era una muestra clara de que había amor verdadero entre los dos. Se abrazaron sin miedo, a sabiendas de que nada era eterno, que lo único que hay es el presente, se besaron largamente, con el beso de la ausencia, de la nostalgia inacabada, de las ganas de verte cada mañana.
Más allá del bosque, en los límites del reino, un caballero de capa escarlata cabalgaba sin descanso, alzando un báculo de vez en cuando al cielo que amenazaba con derribarlo de su montura a fuerza de lluvia y viento. Murmuraba algo el caballero escarlata, decía algo solo para los oídos de su caballo, y éste aumentaba el brío de su carrera, sorteando árboles, troncos, relámpagos y barrancos. Oraba al Único el Caballero, pidiendo que nada malo le aconteciera a su protegido, buscaba rastros, visiones, lugares a los que podría haber ido el joven pupilo. Fue entonces que, como un destello fugaz cruzó por su mente la idea de una pequeña cabaña en el centro del bosque, vio también a un hombre ataviado con ropas negras como la noche que gritaba algo hacia la tormenta y al tiempo montaba un brioso caballo más oscuro que las cuevas del maligno Utrandir, el dios del inframundo, enemigo siempre del Único.
El Caballero Escarlata reconoció entonces al Caballero Negro, legionario de Utrandir, miembro de una logia de caballeros oscuros cuya ambición era la de adueñarse del mundo conocido para sumirlo en la negrura de su deidad. Levantó el Caballero Escarlata su báculo y profirió una oración mientras de su mano izquierda salía una luz roja como el atardecer, una luz que atravesaba el torrente de lluvia, que parecía partir en dos la tormenta, un destello poderoso que cruzó tan veloz el bosque que los árboles se iluminaron por sólo unos segundos.
-Mijra, elentul abatur regmeni luqoor me meenti- dijo el de rojo al cielo. La luz que de su báculo emanaba llegó hasta la cabaña en el claro del bosque justo antes de que el Caballero Negro pudiera alcanzar a hacer algo. –Nebte Utrandir, necroxu defenes Utrandir—gritó el de Negro pero ya nada podía evitar que el escudo escarlata cayera.
El carruaje real llegó unos instantes después de que el Caballero Negro huyera hacia las profundidades del bosque. La cabaña se hallaba impasible en medio del claro, había una tenue luz amarilla que salía por las ventanas. La dama de compañía bajó del carruaje seguida del muchacho que un día se sintió capaz de besar a la Princesita, su corazón temblaba, por fin podría acercársele. Abrieron la puerta de la cabaña, la hoguera en la chimenea se extinguía, pero no había nada más en su interior.